lunes, 1 de noviembre de 2010

historia en construcción - reconocimiento


Laura no había visto unos labios más delgados desde cuando le recortaba los bigotes a su padre para quitarles las canas. Era extraña esa sensación de descubrir un rostro nuevo con las manos. El tacto percibe lo que los ojos suelen pasar por alto. Temperatura, textura, tensión, humedad, todos los detalles que Laura no escatimó en examinar. Ese sentido que los ciegos desarrollan por necesidad y que los videntes suelen menospreciar. Laura lo dominaba a la perfección. Su padre murió ciego a causa del glaucoma y ella, consiente del carácter potencialmente hereditario de este mal había decidido no tomárselo a la tremenda y restarle a sus ojos la importancia que le daba a sus manos. Por eso, había entrenado a cada terminación nerviosa en la yema de sus dedos a llevar los impulsos sensoriales a ese lugar del cerebro donde se dibujan las imágenes.
Te veo, dijo Laura. Entonces estás haciendo trampa, retrucó Maki Sapa. Laura no le contestó y prosiguió con los ojos cerrados y las manos abiertas. Sus manos estaban a unos milímetros de la boca de MS, extendidas los dedos, ligeramente separados, los pulgares mirándose entre sí y las palmas semi - cóncavas. Quien hubiera podido observar la escena fuera de contexto habría pensado en una imposición de manos. Y sí, había algo de religioso en ese acto. Laura imaginó una bola de nieve, estaba en Ticlio camino a La Oroya acompañando a uno de sus hermanos a visitar al principal cliente de la imprenta de su padre, la mina. Su sobresalto fue tal al despertar en la camioneta y divisar los macisos cubiertos de nieve que espantó al soroche. Fue en esa ocasión que descubrió a Los Andes y quedó enamorada de ellos para siempre. Los labios de MS se entumecieron. Podía sentir que la cara se le congelaba, que cada pelo de la barba estaba tan erizado que casi adquiría vida propia. Cada pelo rojo y cada pelo blanco. A MS incluso llegó a faltarle el aire. Ella puedo sentir el vaho entrecortado que se escapaba por esa ranura delgadísima que era su boca. Es la altura dijo Laura casi susurrando. Luego, Laura invocó los recuerdos de su primer campamento, los hot dogs y los malvaviscos asándose en la fogata, era San Bartolo de 1978 y los adultos habían ido a la fiesta en el club de la policía. Laura, decidió regodearse en este recuerdo. La boca de MS se encendió por fuera y se aguó por dentro. Entonces ella fue separando lentamente las manos y las colocó a ambos lados de las orejas de MS. El cerró los ojos también decidido a seguirle la cuerda a esta loca que lo hacía pasar del frio al calor como quien gradúa la llave del agua. Y ahora a dónde me llevas, le preguntó. Ella permaneció callada hundida en el mar de sus más bellos recuerdos. Las manos de Laura trajeron el sonido del mar hasta los oídos de MS. Laura siguió viendo sin ver, y buscó entre la muchedumbre de chiquillos que bailaban alrededor de la fogata. Allí estaba él sentado sólo como un apestado, su primer enamorado, un nubarrón de verano como diría su madre. Ella lo acababa de rechazar porque no había estado dispuesta a gastar su primer beso con un atorrante apestando a cerveza. Se le acercó y se lo dijo. Quizá cuando te atrevas a besarme sobrio cambie de opinión. MS pudo entender lo que Laura decía con una voz que parecía salida de una boca varios años menor que la suya. Sin embargo, ya no hizo más preguntas. Reconoció que sin querer estaba siendo parte de un trance gracias a la generosa invitación de las manos de Laura. Aprovechó. Con la voz tan modulada como pudo le dejó saber a Laura: ya no estoy borracho ¿me besarías ahora? Entonces las enormes manos de MS viajaron a tientas por el corto espacio que separaba su cara de la de ella, y la acercó. Laura abrió los ojos súbitamente para decirle: haces trampa.

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